dijous, 21 de febrer de 2013

Las Tres Leyes de la BioHumánica (III)







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Queridos lectores y lectoras: 

Pues eso, tercera y última parte, año 28.251, genérico gramatical femenino... 


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Al haberse fijado socialmente como objetivo prioritario a alcanzar el estabilizar la población en vez del histórico "multiplicarse", la perentoria necesidad de un sustancial cambio de la organización social más básica condujo a que la nueva forma que se impuso, sorprendentemente quizá para muchas, pero con toda la lógica del mundo, fue el matriarcado, que recuperó así su papel protagonista y preponderante a lo largo del devenir humano. 

Pero este nuevo y presuntamente último reinado suyo fue relativamente efímero, pues enseguida se llegó a un nivel superior de sociedad en el que, mandar, mandar, aquí no manda nadie, salvo eventualmente las adultas sobre las niñas, y a excepción hecha, claro está, del especificado terreno erótico emocional, el único en el que de verdad, y afortunadamente para todas, quienes mandan son nuestras pequeñas. 

No obstante tan elevado nivel de acracia, todas sabemos que nuestro actual sistema social real está impregnado de multitud de matices, matrices y normas de comportamiento directamente radicadas en el matriarcado natural, como no cabía por menos de esperar, insisto, dado que tal fue el sistema imperante durante las decenas y más decenas de miles de años anteriores precedentes a los nefastos períodos de patriarcado. 

¿Cuál es, entonces, el cambio más sustancial de la sociedad actual respecto al matriarcado "clásico"? Pues, básicamente, radica en la faceta de que hoy sus reglas ya no son imposiciones, sino normas comprendidas y libremente aceptadas por los miembros de la, hoy en día sí, especie humana Planetaria. Por eso, simplemente, hablamos de "Matricentralidad". 

Pero en el transcurso de ese su último breve reinado, el matriarcado nos dejó en herencia, entre otras cosas, una raza humana súper guapa e inteligente porque, habiéndose roto la absurda rigidez de la monogamia, y mandando ellas, pudieron por fin, en auténtica libertad, elegir y determinar quién coño querían que fuera de verdad el padre biológico o genético de sus hijas. 

Aunque, en la práctica, ello supuso que menos del dos por ciento de la población masculina fuera la "progenitora" de más del setenta y cinco por ciento de las siguientes generaciones, ello no implicó, de verdad, una a priori presumible peligrosa pérdida de variedad genética, puesto que ese dos por ciento significaba más de cien millones de individuos diferentes, o sea, variantes, es decir, muchas más que el total de humanas que, en un momento dado, simultáneamente existían sobre la Tierra a lo largo de la inmensa mayor parte de esos tres millones de años de la historia de la Humanidad. 

Además, quedaba y quedó ese veinticinco por ciento restante, centenares y más centenares de millones de individuos diferentes. Y, siempre que se pudo, se buscaron posibilidades alternativas, como lo de que una mujer, buena pero de no muchas luces, chata y tirando a rechoncheta procurara escoger para padre de su tal vez única futura criatura a algún tío larguirucho y narigudo, pero inteligente y, eso sí, igualmente buena persona. Como quiera que fuera en detalle, el hecho es que tuvieron lugar muchos otros cruces que permitieron que ese otro porcentaje significativo de varones transmitieran también su acervo genético.

¡Ah!, y por supuesto, la tasa de reproducción de las violentas se vio drásticamente reducida, porque el matriarcado (que si se escribe sin mayúscula es solamente porque no nos gusta forma alguna de dominación humana impuesta), en su sabia legislación, prohibió tener tal descendencia a todas aquellas que, siendo ya adultas, no como autodefensa habían hecho recurso de la violencia física contra otras personas, por valorar tal característica, la agresividad física, como abiertamente indeseable de hallar en ser humano alguno, género al que en realidad tal vez ni siquiera pertenecieran, puesto que no respetaban la Tercera Ley. 

En cuanto a los violadores, aun cuando presumiblemente tal vez sí que fueran humanos, pues quizá no respetaran la Tercera Ley por conflictos con la Segunda, no corrieron por ello mejor suerte, pues se dio la casualidad de que tampoco gustaban ni gustaron nada al matriarcado tales sujetos, así que, al igual que a las violentas, también se les dejó sin descendencia, en todos los casos por métodos no violentos ni químicos, por supuesto, pero sin descendencia.

Ahora bien, si alguna otra cosa puso básicamente de relieve el matriarcado en ese su último reinado es que, quien tiene toda la información genética necesaria para descifrar el mundo en el que realmente vivimos, es la mujer, y tan sólo la mujer. 

Así es, y veamos brevemente el sencillo por qué. Ellas tienen toda la información porque no les falta el fragmento que está ausente en el cromosoma Y, y por ello, en general, suelen ser más compensadas y bastante menos desatentadas que la versión masculina de la especie, que como consecuencia de carecer de esa información adicional, a veces, al hacer "correr" sus "programas", no tiene tanta conciencia del riesgo, por ello es tan normal que el varón pueda a menudo llegar a inventar artefactos o cachivaches en principio insospechados, sorprendentes o hasta útiles y todo, como normal también es el que a menudo fracase, o que enseguida arme la de dios, o que se accidente. 

En todo caso, hay que quedarse con el hecho de que quienes de serie tienen toda la información bien completa suelen insistir en la conveniencia de dotar siempre de cierto contenido emocional a todas las situaciones o actuaciones. Y se ha de reconocer que, en general, vienen a más bien tener toda la razón. 

Aunque, claro, también todo admite diferentes enfoques, y hay quien sostiene que esa mujer sensata y equilibrada, con lo que le había costado a la tribu cobrar aquella maldita pieza de caza, probablemente jamás habría consentido en que aquel imbécil pusiera en el fuego, contra toda costumbre conocida, un tan mágnífico trozo de carne, con lo que se habría continuado consumiéndola cruda. Así que, afortunadamente para bien de todas, los insensatos varones no siempre somos necesariamente un estorbo o un dolor de cabeza a intentar olvidar o soslayar. 

¿Mi opinión personal? Todo va divinamente con ellas, siguen encontrando divertida nuestra excéntrica imprevisibilidad, y sexualmente la cosa funciona tan super aceptablemente bien que, aunque todo siempre es susceptible de poderse mejorar, en este tema en concreto el superarse comienza a ser bastante difícil.

La caída del patriarcado y su relevo por el matriarcado natural llevó a un escenario en el que la promiscuidad o no resultaba un hecho o tema bastante indiferente e irrelevante, pues aun cuando entre la generalidad de las mujeres no existía ningún sustrato hiperfollador como sí que existe en los varones, tampoco en ellas residía condicionante genético alguno que determinara o las empujara hacia la monogamia o la abstención, pudiendo afirmarse que, de por sí, ni eran, ni son, ni dejan de ser monógamas, y si ni lo son ni lo dejan de ser es porque, en realidad, tampoco lo son. Es tan sencillo como lo de estar o no enamorada, si hay dudas es que no. 


Pues bueno, que no digan que nadie os lo dijo. 

Y, por cierto :-) : ¿seríais tan amables de buscar en vuestro google las imágenes correspondientes a las palabras "matricentralidad" o "biohumánica"? Lo digo porque, desde mi portátil, parece como si, sin proponérmelo, con esos términos y mis propios blogs hubiera abierto tendencias, jajajajaja :-D 


saludos cordiales. 
ET & forrest gump. 
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