divendres, 15 de febrer de 2013

Las Tres Leyes de la BioHumánica (I)

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Querido lector o lectora: 

Tras este mucho más prolongado espacio temporal concedido (y bien que se lo merecía) a la singularidad temática que ha supuesto el precedente post, "Nuestro voto para quien responda estas preguntas", retomo, ahora ya con intención de recuperar el ritmo habitual de publicación, una de las líneas centrales de reflexión, tanto de este blog como del cuasi extinto "ET y esta Crisis": la necesidad imperiosa de construir un modelo social alternativo en el que, de una vez por todas, imperen la Razón y la Racionalidad. 

E idiota quien diga "será "su" Razón y "su" Racionalidad, pues tal manifestación solo puede hacerla quien no ha comprendido esos dos conceptos ya que, aceptado el sistema de numeración decimal de que nos hemos dotado, yo lo lamento por los y las fantasiosas, pero dos más dos, en ese terreno abstracto, siempre serán cuatro.  

Y sí, texto del futuro, teeexto del futuro; y año 28.251, 28.251, sí; y genérico en femenino. Osea, que yo no lo "conozco" de nada X-D... 


Bien, supongo que ha llegado el momento de que enunciemos, por si alguien aún no las conoce, las Tres Leyes de la BioHumánica que rigen, tanto si nos gusta como si no, nuestros pasos por la vida y nuestra conducta en ella, y que aclararán, o al menos eso espero, el por qué hago las afirmaciones que hago. 

Isaac Asimov, en sus escritos sobre androides y tal, enunció "las Tres Leyes de la Robótica", leyes que no transcribiré explícitamente aquí porque es obligación de cualquier humana no analfabeto, sea de vuestra época o de la nuestra, el haber leído alguno de sus relatos sobre robots. 

Como seguramente él mismo y otras muchas antes ya enunciaron, tales leyes tienen, a su vez, una sencilla transposición y plasmación en las tres principales leyes de lo que se ha venido en llamar la "BioHumánica", y que por orden e importancia, son: 

Primera Ley, la de la propia Supervivencia del individuo, porque si pereciera no haría falta ley adicional alguna. 

Segunda Ley, la de la Reproducción a toda costa, salvo que ello pueda entrar en conflicto con la Primera Ley. 

Tercera ley, la de la No Agresión, por principio, a las restantes miembros de la especie, salvo que ello entre en conflicto con la Primera o Segunda Leyes. 

Sucintas a más no poder, sin embargo y sin duda son leyes porque, nos guste o no, determinan buena parte de nuestro comportamiento, al tiempo que también gobiernan el correcto y más elemental funcionamiento de nuestro hardware o cuerpo. 

Como consecuencia, el software básico y rígido que permanentemente tendremos y tenemos alojado y residente en memoria es justamente aquél que la bio-máquina que en buena parte somos lleve escrito y determinado en nuestro código genético, siendo por supuesto el primerísimo de todo el relativo a esas tres leyes principales enunciadas. 

Claro, no cada día una ha de plantearse una a sí misma si de verdad se es una simple bio-máquina automática o, por el contrario, somos algo más. Pero tranquilas, que no somos replicantes, sino que seguimos siendo nada más y nada menos que las humanas de siempre. Simplemente sucede que nos conocemos a nosotras mismas un poco mejor que en otras épocas, o al menos de eso presumimos.  

Y tampoco albergamos absurdas reticencias o escrúpulos a la hora de auto describirnos porque ¿qué cambiaría en esencia para nadie ni para nada si en realidad fuéramos máquinas "máquinas" de verdad?  

Sigamos, simpáticas presuntas bio-máquinas humanas. 

Frente a la imperativa y avasalladora determinación de las decisiones emanadas de la estricta satisfacción de estas leyes, las humanas tan sólo disponemos de nuestra capacidad racional, que en muchos casos sale triunfadora, sin duda, pero tal victoria ya no es tan fácil cuando con quien se tropieza es con la Segunda Ley, la de la Reproducción, que tiende y tiende a imponerse, y poco suele tener que hacer esta nuestro pobre raciocinio cuando con quien topa es con la Primera Ley, la de la Supervivencia. 

A partir de ahí, parece razonable presumir que lo mejor que se puede intentar hacer para, en la vida cotidiana, evitar esos choques o conflictos de intereses, es hallar las sendas que nos permitan esquivarlos o armonizarlos en la medida de lo posible.

Pues bien, mientras que la Primera Ley, la de la propia supervivencia a toda costa, determina, independientemente del si el individuo es varón o mujer, un comportamiento básicamente bastante similar de los distintos miembros de nuestra especie (y sucediendo también así, en general, en lo que respecta al comportamiento derivado del cumplimiento de la Tercera Ley), esto no ocurre para nada en lo que hace referencia a la segunda y sus territorios de colisión con la primera y la tercera, pues en lo tocante a tal Segunda Ley sí que hay una abismal diferencia de comportamiento en función de que se sea fémina o varón, diferencia que paso a detallar o describir para quien no quiera haberlo entendido aún a día de hoy. 

La Segunda Ley busca, recordémoslo, el éxito reproductivo. Ahora bien, al igual que sucede con las otras dos Leyes, ¿son básicamente coincidentes, o al menos similares, los senderos por los cuales un varón o una mujer en concreto alcanzan el éxito en tal tarea tan vital para la especie? 

Pues me temo que, si analizamos en qué se concreta ese éxito en cada caso, la respuesta a la pregunta planteada es también aquí un rotundo NO, dado que mientras que el camino del éxito reproductivo del varón no estéril pasa indudablemente por acceder sexualmente al mayor número posible de mujeres en edad fértil, el éxito de éstas en tal materia no radica en acceder por esa vía al mayor número posible de varones, sino que, en nuestras compañeras, tal éxito ha radicado, tanto si nos gusta como si no, en su capacidad para sacar adelante a las bebés que hayan ido alumbrando. 

Y difícilmente iba a poder ser de otra manera, a todos los niveles, ya que es un hecho comprobado que, en general y a lo largo del transcurso de los miles de milenios de nuestra andadura como especie sobre este planeta, a los varones (y salvo en lo que congraciarse con ellos les pudiera facilitar el acceso, sexual, por supuesto, a las madres), por lo demás, las bebés les trajeron mayormente sin cuidado, ellos iban a cazar o a explorar, siendo nuestras esforzadas amigas quienes cargaban con las criaturas y, como recolectoras, eran además las que, casi siempre, procuraban el vital sustento alimentario más cotidiano de la comunidad. 

Como consecuencia y como se irá argumentando, el precioso equipamiento genético que se ha visto primado y agraciado con el éxito en el transcurso de ese ser de la Humanidad ha sido, frente a la obsesión masculina por el sexo y el orgasmo, la obsesión femenina por la limpieza y cierta peculiar concepción del orden que no consiste tanto en saber dónde está cada cosa sino, sobre todo, en que estén todas bien agrupadas y no dispersas, para así disponer de más terreno libre para, a su vez y entre otras cosas, poder mejor mantenerlo todo limpio. La Limpieza, SÍ, enseguida se detallará por qué es así.

Naturalmente que en el mayor o menor éxito reproductivo de cada variante o línea genética existente, priman y pesan también otros muchos factores, algunos incluso más determinantes, como por ejemplo la inteligencia, pero lo que no tiene vuelta de hoja es que, a igualdad en el resto de capacidades (ceteris paribus), cuanto más heterosexualmente promiscuo sea un varón diseminará mucho más sus genes y, por tanto, tendrá más descendencia que ese otro igual de inteligente, fuerte, hábil, resolutivo, cariñoso, acogedor, afable, decidido, limpio y todo lo demás igual, pero menos follador que el primero, o más homosexual, o ambas cosas. 

Pues lo mismo sucede en cuanto a la cuestión de la limpieza y las mujeres. A igualdad del resto de condiciones, parece poco discutible que la mujer más limpia, la que supo mantener su entorno libre de suciedad y de bichos, consiguiendo con ello que sus criaturas fueran atacadas por menos enfermedades o alimañas, vio con satisfacción cómo sus hijas iban saliendo adelante mientras las mujeres más sucias lloraban amargamente, una vez tras otra, la irreversible pérdida de sus retoños y, con ellos, la continua merma de posibilidades a la hora de transmitir sus genes en herencia a las futuras generaciones.

Es lo que hay. Racionalmente, no obstante, no ha de haber lugar para perplejidades, abatimientos o precipitadas extrapolaciones, pues lo único que se ha delimitado es que, en nuestros aproximadamente tres millones de años de existencia, la selección natural operada en los humanos lentamente ha primado, entre otros factores y en el trascurso de esos tres mil milenios, a la descendencia masculina más folladora (como si ello fuera poco obvio), y a la descendencia femenina más limpia (y como si ello no fuera tampoco suficientemente obvio)

Así que, por pura selección natural, los unos obsesionados por el sexo y las otras por la limpieza. Ideal escenario como para poder llegar algún día a entenderse, je, je, je... 

Y a diferencia del caso del varón, habremos de convenir que esa clave del éxito reproductivo femenino poco tiene que ver con lo de la sexualidad en sí, y eso cuando tal sexualidad no vino a ser sino un inevitable trago por el que al parecer había que pasar por narices para poder llegar a ser madres, es decir, para mirar de obrar conforme a la Segunda Ley, la de la reproducción y tal. 


...y, de momento, lo vamos a dejar aquí. 
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saludos cordiales. 
ET & forrest gump. 
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2 comentaris:

  1. La presunción de culpabilidad de las personas, respecto a lo que sea, no es sino fascismo.

    Y quien siembra vientos, puede recoger tempestades, en forma, en su caso, de una sociedad abiertamente neofascista bajo la máscara opuesta, Orwell, 1984, Ministerio del Amor.

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